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Escrito por: 4:55 pm Artículos

¡Silencio, se rueda!

Estimados lectores: No se trata del guion o del rodaje de alguna película de actualidad, o quizá sí…

Estimados lectores:

No se trata del guion o del rodaje de alguna película de actualidad, o quizá sí, ¿quién sabe? ¿Acaso nuestra vida no es como una película?

Se trata más bien de que podamos leer este artículo con las “antenas de los oídos” muy receptivas, es decir, sin prejuicios, ni esquemas preconcebidos respecto al tema, que es precisamente el SILENCIO.

Escuchar el silencio parece en sí mismo una contradicción, la misma que nos planteó hace ya mucho tiempo la señora Helena Petrovna Blavatsky en su extraordinario libro La Voz del Silencio

¿Es que acaso el silencio puede emitir sonidos?
¿De qué silencio estamos hablando entonces?

Se sabe que el silencio no es simplemente la ausencia de sonidos, sino que puede ser algo mucho más amplio y pleno.

Con respecto al ser humano, mucho se ha hablado ya de la posible relación entre lo exterior y lo interior de uno mismo. 

Es más, parece que se trata de algo así como dos mundos claramente diferenciados -aunque fuertemente interrelacionados-, y ambos al menos igual de reales con respecto al ser humano y a las leyes que le son propias.

 

Pero parece ser que generalmente vivimos y percibimos tan solo el mundo exterior, y allí ejercemos nuestras acciones, se desarrollan nuestras actividades y todo ello se caracteriza por una inmensa producción de sonidos, que son más bien ruidos de todo tipo -incluyendo los inaudibles, pero rotundos ruidos mentales y emocionales-  como una amplia gama de vibraciones, que aunque sean inaudibles, no por ello son menos contaminantes, estresantes, productoras de una gran agitación e irritación. Un ruido ambiental como el que se produce cuando se remueve un panal de abejas y se produce un potente zumbido de fondo.

 

Es también –hoy día– el conocido barullo y agitación de la vida corriente, observable sobre todo en las grandes ciudades, como una especie de murmullo de fondo constante, abrumador y aplastante para el que no está acostumbrado. 

Algo similar sucede en la vida particular de las personas. Cada uno de nosotros estamos, según nuestra consciencia, inmersos en un mar vibratorio desde la mañana a la noche, y que apenas se calma, al menos no del todo, durante el sueño nocturno, impidiendo que este sea todo lo reparador que debiera ser.

 

Es el frenesí de la acelerada vida actual, al que todos nos hemos tenido que adaptar sin remedio, pues en la práctica de ello depende nuestra supervivencia material.

Por supuesto, nos toca pagar un alto precio, especialmente en términos de salud. Alteraciones nerviosas de todo tipo acaban reflejándose y traduciéndose en todo tipo de enfermedades físicas. 

 

Por otro lado, no son pocas las voces que en todo tiempo y lugar nos han advertido contra semejante desquiciamiento, indicándonos la posibilidad real de un tipo de vida diferente y saludable para el ser humano, tanto espiritualmente como en el plano corporal.

Esos mensajeros, conocidos como “los grandes del espíritu”, nos hablaron de esa dimensión desconocida, cuya realidad describían con numerosas alegorías y relatos, y a la que se referían en particular como “reino interior”, cuya característica principal es precisamente el “silencio”, y la serenidad interior y exterior.

Todos ellos coinciden en que dicho mundo interior es el primero y el más real, aunque sea desconocido para la mayoría.

Es más, se podría considerar a estos “grandes del espíritu” como “los profetas de ese mundo interior”, que vienen a este otro mundo en el que vivimos para “despertarnos e invitarnos a entrar en el suyo”.

Nos estimulan a buscar ese “reino interior”, a “penetrar en el silencio”, donde poder encontrar, entre otras cosas, la tan apreciada, pero escurridiza “paz que sobrepasa toda comprensión”.

Y algunos de ellos nos dijeron cosas tan sorprendentes como esta: “¿no sabéis que ese reino está más cerca que vuestras manos y pies?”

Y la mayoría nos quedamos perplejos por incomprensión, incredulidad, o lo que es peor, por considerar esta idea totalmente absurda. 

 

Nos sentimos desubicados ante la idea de que pueda existir otra vida más real y mejor que la nuestra tan conocida y experimentada, a pesar de los indecibles sufrimientos que está nuestra conlleva. Pero ellos insisten y nos dan la clave para entrar en esa nueva vida: “hay que nacer en ella” –nos indican.

Como una prerrogativa inexcusable nos toca realizar un segundo nacimiento en nuestra vida actual, o dicho de otra forma, renacer. 

Para ello, en nuestra vida corriente tenemos que “entrar en el silencio creador”.

 

Todos los que han pasado por ese silencio y han experimentado su paz y su dicha, no desean otra cosa para sus congéneres, que también ellos lo experimenten de manera directa y plenamente conscientes.

¡Ojalá que muchos podamos tener en cuenta sus palabras y realizarlas sin demora!

¡Se trata, nada más y nada menos, que del verdadero prodigio de la Vida!

Antes de terminar nos preguntamos:

¿Es suficiente con descubrir ese “otro reino interior”?
¿Es fácil “nacer” o entrar en él?
¿Será verdad que es allí donde existe la Sofía, la verdadera Sabiduría, la Sabiduría del Silencio?

¡La película no ha hecho nada más que empezar y le invitamos, querido lector, a que también usted participe en ella!

 

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