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Escrito por: 10:42 am Artículos

Guerra o Paz

Para responder a esta pregunta, es fácil qué, a primer impulso, se posicione a favor de la paz. Pe…

Para responder a esta pregunta, es fácil qué, a primer impulso, se posicione a favor de la paz.  Pero en cuanto deje de leer este artículo, o incluso mientras lo lea, se posicionará de nuevo, pues no estará de acuerdo con lo escrito o entrará en conflicto con alguien de su entorno, pues querrá defender su razón y su idea, por muy triste que esta sea.

Entonces parce que el problema radica en posicionarse. Para entenderlo mejor pondremos un ejemplo. Dentro de las muchas opciones para alimentarse, una parte de la población se alimenta de forma vegetariana y otra parte dentro de su dieta come carne.

En ello no existe problema alguno, cada cual actúa según su entender, por sus gustos o por sus preferencias culinarias.

Pero en un momento dado, unos u otros empiezan a querer imponer su preferencia de la forma más razonada, aparecen críticas de los unos contra los otros, y por aquí y por allá resuenan dichas ofensas.

El lamentable resultado es una defensa en cada cual en sus ideas, creando con firmeza una posición y la contraria. La dualidad está servida. La discusión y el conflicto también. Ello dificulta, en unos y otros, el espacio para libremente variar en su decisión, en este caso, de cómo alimentarse.

Parece una utopía el que podamos vivir de una forma más despreocupada y en armonía con nuestros semejantes. No de forma forzada, ni mediante leyes, sino en libertad y consciencia. En la película “El día de la marmota”, Bill Murray como actor principal, encarna dichos valores, que le llevan, no sin tropiezos, a poder liberarse de la encrucijada repetitiva en la que estaba metido. Parece que estamos perdiendo el más común de los sentidos, el sentido común.

Es obvio que casi nadie desea la guerra, pero en un torbellino de quehaceres y estímulos externos, de posicionamientos ante noticias diarias, de críticas y preocupaciones, de incertidumbres y miedos, todo ello, nos lleva a creer que debemos defendernos de lo diferente, de aquellos que, aparentemente, ponen en peligro nuestro decálogo de principios.

Este decálogo es como el “disco duro” que nos conforma, está lleno de pensamientos, emociones, ideas e ideologías, creencias y traumas, por no hablar del sentimiento de culpa, con su particular decálogo de lo que se cree que está mal o bien.

Si no ponemos en cuarentena dicho entramado interno, la separación con quien sea distinto será muy clara.  Por tanto, nuestro decálogo personal impide ver la realidad, y deja poco margen para la comprensión real de lo cotidiano.

Llegados a este punto, la desconexión con la vida, con lo natural y verdadero, es muy evidente, pues la paz cuesta encontrarla donde más importa, en nuestro interior. 

Con lo expuesto, la paz se encuentra si estamos dispuestos a ir más allá de nosotros mismos, como dijo Albert Einstein “nunca puedes resolver un problema desde el mismo nivel en el que fue creado”. 

 

«La única batalla que merece librarse es contra uno mismo.» – El Libro de Mirdad

La vida nos invita a un cambio definitivo, pero el salto es tan grande y la confusión es tal, que cuesta ver como y a donde saltar. Es como si lleváramos unas gafas puestas, con una graduación, cada cual la suya, que impiden ver con claridad lo verdadero. Se le pueden llamar las gafas de la incomprensión.

Hay quien tiene la teoría de que somos, como sociedad, un tren desbocado, y que, más pronto que tarde, vamos a descarrilar. Más allá de este juicio, algo en nosotros nos dice, aunque sea muy bajito en su tono, que la salida está hacia dentro.

Si miramos hacia fuera “nuestras gafas” nos engañan a una irrealidad, pero si cambiamos el foco hacia nuestro interior y vivimos desde nuestro centro, el corazón, empezamos a ver como la luz se filtra entre dichas lentes y empezamos a ver la vida de otra forma. Como dice Antoine de Saint-Exupery, en su libro El Principito, “no se ve bien si no es con el corazón”.

Con ello, hará falta mucho amor hacia una y uno mismo, una paciencia absoluta ante la cantidad de tropiezos diarios que padecemos, que sirven para conocernos mejor y ver bien que sale de nuestro interior en lo cotidiano.

La costumbre es “tirar balones fuera”, es decir, culpar y criticar a quien supuestamente nos ha irritado o ha sacado lo peor de nosotros. Pero como comprenderán solo se puede “sacar” lo que ya teníamos dentro. ¿No es curioso qué, ante un mismo acontecimiento, cada persona reaccione de forma diferente?

Por tanto, es de agradecer, que todo con lo que entramos en contacto, desde una noticia, hasta un compañero de trabajo, nos haga de espejo para así poder vernos y conocernos mejor. La frase “no maldigas al mensajero, pues trae noticias de ti” cobra mucho sentido.

La vida con mayúsculas no se detiene, nuestra evolución en consciencia tampoco, nos podemos estancar, también tenemos derecho a equivocarnos, pero si no rectificamos, pequeñas crisis nos corrigen y equilibran, aunque a veces las sintamos como sacudidas. Si nos resistimos el sufrimiento será mayor, a veces nos preguntamos, ¿hacen falta experiencias tan duras para aprender?

Sería más fácil no resistirse, empezar cada vez más a salir de nuestro “yoito”, para entrar en él nosotros y experimentar ese misterio que dice que todos somos uno. Para ello es necesario vivir con más calma y silencio, en la que encontrar una verdadera paz. La paz de la integración de los opuestos.

Para finalizar y como conclusión, apuntar que, como dice Mirdad en su libro, “la única batalla que merece librarse es contra uno mismo”, la batalla del amor, la paciencia y la compresión. Y en este camino, hacia una perfecta armonía con nuestros semejantes y el entorno, no entrará en el corazón y en la cabeza actuar con violencia, ni hará falta estar a favor de la paz, pues te habrás convertido en parte de ella.

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